Estudio de Arte YUSTE

* El Estudio de Arte YUSTE significa la culminación de un ansiado proyecto: hacer de un centro dedicado a la restauración y conservación de obras de arte y objetos artísticos, una expansión hacia la pedagogía del arte y la literatura basada en el único criterio de aplicar la más rigurosa ortodoxia en lo académico y la libertad total en lo creativo.

* Desde hace más de treinta años el Estudio de Arte YUSTE ha desarrollado este proyecto con la satisfacción de ver como el trabajo y la dedicación de los alumnos ha situado a muchos de ellos en escenarios donde se valoran la creatividad, la originalidad y la capacidad de investigación y superación que marcan los caminos de la actividad artística.

* Como consecuencia de esta tarea basada en el trabajo, la disciplina y la dedicación, se ha creado el Grupo Artístico STUDYO que pone de manifiesto el resultado del esfuerzo de unos artistas que, desde la individualidad estilística y creativa, presentan su trabajo a público y crítica amparados por galerías de arte e instituciones que acogen sus obras con interés y claro deseo de mostrarlas y difundirlas.

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miércoles, 7 de septiembre de 2016

CLASES DE DIBUJO Y PINTURA PARA TODOS


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viernes, 14 de agosto de 2015

CUENTO DE UNA ALUMNA DEL Taller de Escritura Creativa ilustrado por una alumna del EDAY



LOS DUENDES DE LAS NUBES

Escrito por MÓNICA CASADO FOLGADO
Ilustrado por CARMEN BUSTILLO BERNALDO DE QUIRÓS




¿Alguna vez te has parado a pensar por qué las nubes tienen distintas formas como ballenas o teteras? Puede parecer algo que sucede al azar, pero la realidad es más sencilla: los responsables son los duendes de las nubes.
Cuentan que son hombrecillos de piel blanca y narices chatas que no gotean con el frío de las alturas, y se visten con gorros y ropas anchas de azul celeste para ser confundidos con el cielo y que no se les pueda ver con facilidad. Viven en enormes y transparentes palacios flotantes y se alimentan de la lluvia que las nubes sueltan cuando se les hace cosquillas. Con rastrillos, pinceles y martillos, dan forma a éstas, sean grandes o pequeñas,  para que el viento pueda seguir moviéndose.
Había un duende especialmente curioso e inquieto entre ellos llamado Bip, que siempre tramaba las mayores chiquilladas. De mente aguda y despierta, sus nubes eran las creaciones más maravillosas que jamás nadie hubiera podido observar. Tenía un don innato y especial para manejar las herramientas.
Un día Bip quiso saber qué había debajo de las nubes, y se preguntaba si le podría dar forma. Sus mayores le regañaron, advirtiéndole que sentara la cabeza y no cometiera una estupidez, pero ¿quién era Bip sin al menos una majadería al día? Ni corto ni perezoso, cogió sus herramientas y se dejó caer desde el cielo hasta la tierra. A primera vista le parecieron muy curiosos unos bichos con alas que planeaban solos. En las nubes no había de eso.

Bip vagó por bosques y llanuras, y se sorprendió al ver que todo era extrañamente sólido, porque él vivía entre vapor. Por fin llegó a una ciudad llena de gente como él, pero más grande y menos colorida o alegre. Se encontró en la plaza mayor, y allí sacó el martillo de su bolsa de herramientas. Comenzó a perseguir a un grupo de muchachitas que lo observaban con curiosidad, y sin pensárselo dos veces, atizó un golpe seco a una de ellas en la cabeza.
Luego agarró su rastrillo y se afanó en intentar dejar surcos en la cara de un tendero de un mercado, con tan mala suerte que el hombre se puso hecho un basilisco e intentó dispararle con una escopeta que escondía bajo el mostrador de su puesto. Bip, desconcertado, entró en lo que resultó ser una escuela. Allí había, como es natural, niños escribiendo, leyendo y aprendiendo las tablas de multiplicar. El duendecillo intentó amasar sus cabezas, pero ellos comenzaron a zarandearlo de un lado a otro y a reírse de él. Le quitaron su preciada bolsa de herramientas y la dejaron colgada de un árbol para que no pudiera cogerla.
El pequeño habitante de los cielos no entendía qué era lo que pasaba. Además de ser agrios y ariscos, aquellos seres no eran ni moldeables ni flexibles. No podía reconvertirlos en lo que para él sería algo bello y diferente, ni siquiera arañarles una sonrisa por encima, porque enseguida se pondrían a gritar.
Decepcionado, flotó de nuevo hasta su hogar con una nueva lección aprendida: a los humanos no les gustan los martillazos.