Estudio de Arte YUSTE

* El Estudio de Arte YUSTE significa la culminación de un ansiado proyecto: hacer de un centro dedicado a la restauración y conservación de obras de arte y objetos artísticos, una expansión hacia la pedagogía del arte y la literatura basada en el único criterio de aplicar la más rigurosa ortodoxia en lo académico y la libertad total en lo creativo.

* Desde hace más de treinta años el Estudio de Arte YUSTE ha desarrollado este proyecto con la satisfacción de ver como el trabajo y la dedicación de los alumnos ha situado a muchos de ellos en escenarios donde se valoran la creatividad, la originalidad y la capacidad de investigación y superación que marcan los caminos de la actividad artística.

* Como consecuencia de esta tarea basada en el trabajo, la disciplina y la dedicación, se ha creado el Grupo Artístico STUDYO que pone de manifiesto el resultado del esfuerzo de unos artistas que, desde la individualidad estilística y creativa, presentan su trabajo a público y crítica amparados por galerías de arte e instituciones que acogen sus obras con interés y claro deseo de mostrarlas y difundirlas.

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miércoles, 10 de mayo de 2017

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domingo, 7 de mayo de 2017

ATENCIÓN

Nueva dirección de  ESTUDIO DE ARTE YUSTE


C/ Pedro  Duro N°: 7, 1°. E
GIJÓN

Teléfonos: 985 09 32 87 - 638 68 16 05

NUEVA INSTALACIÓN

CON LA EXPERIENCIA Y LA CALIDAD DE TRABAJO DE SIEMPRE




lunes, 24 de abril de 2017

Semana del libro y la literatura


Marcapáginas originales de

CARMEN BUSTILLO BERNALDO DE QUIRÓS

 





 

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686 800 999





miércoles, 21 de diciembre de 2016

LLEGARON...

Relato MÓNICA CASADO FOLGADO

Ilustraciones ELVIS ARÓN SÁNCHEZ PEREDA

 

Todo comenzó con una noticia. Una mañana cualquiera de mayo, los telediarios anunciaron un escape en una planta de depósitos radiactivos perdida en algún profundo bosque de los Estados Unidos. La fuga resultaría desastrosa a escala global.
La información que nos llegaba era fragmentada e incierta; se hablaba de una enfermedad que se extendía rápidamente por todo el continente americano, se hablaba de ciudades, de pueblos desiertos durante el día y cuyos enfermos cobraban vida al atardecer. Pronto las redes sociales, medios de comunicación e incluso internet dejaron de funcionar. De América solo llegaba silencio.
Pasaron varias semanas, y el pánico era ya generalizado. No se sabía nada del otro lado del Atlántico, los vuelos habían sido suspendidos y los que tenían familiares allá apenas podían contener su angustia.
Un carguero arribó en el puerto de Gijón, como un fantasma, una tarde de junio, meses después del comienzo del silencio. Los operarios del Musel no daban crédito. El barco parecía totalmente abandonado, y ninguna de las personas allí presentes se atrevía a subir e inspeccionar lo que contenía. Al caer la noche, despejados ya los alrededores de curiosos, unas sombras negras, reptantes y sibilantes, bajaron a tierra. La plaga había llegado a Europa.
Las alarmas se dispararon. Nos sacaron de nuestras casas y dio comienzo la evacuación de miles de personas hacia campos de refugiados en los países nórdicos. Europa se había estado preparando para esta situación, y estaba claro que los líderes de las naciones más poderosas ocultaban la verdad de lo sucedido en aquella planta de residuos radiactivos al mundo.
Sin embargo, ni siquiera las medidas adoptadas por la Unión Europea pudieron frenar la expansión de la enfermedad, que ahora sabíamos, se contagiaba mediante el mordisco de los afectados a la gente sana. Estos, convertidos en sombras grises y aulladoras, cazaban sin descanso noche tras noche, empujando a los supervivientes cada vez más al norte sin posibilidad de huida. Pronto llegaron al área en la que se situaban los campos de refugiados.
Una noche, sus aullidos próximos nos despertaron, y sin ser siquiera capaces de recoger nuestras pertenencias, nos vimos obligados a huir como animales por los bosques que nos rodeaban. Nos dispersamos y nos dieron caza uno a uno. Hacía horas que mis padres se habían quedado atrás, y yo solo podía seguir corriendo hacia delante, escuchando sus aullidos tras de mí. No sabía que más hacer, así que, cansada, trepé como pude a un altísimo pino y me agarré con mis últimas fuerzas. Entonces lo vi.

Parecía un fantasma, con grandes pliegues translúcidos de tejido orgánico ondeando sin viento que los moviera a su alrededor. Me recordaba a una medusa. Tenía una extraña lágrima violeta en lo que podría haber sido su cabeza, y me dio la impresión de que vigilaba la cacería que tenía lugar por todo el valle boscoso a nuestros pies. Repentinamente giró y me miró sin ojos. Me estaba viendo.



Supe que iba a morir. Se dirigió hacia mí agresivamente, con tan buena suerte por mi parte que, justo cuando iba a alcanzarme, la rama sobre la que se sostenía mi pie izquierdo cedió, obligándome en un acto reflejo a agarrarme más fuerte al árbol y apartándome de la trayectoria de aquel ser. En mi búsqueda de estabilidad, agarré con la mano sin pensarlo la lágrima de la cabeza de aquella cosa. Me sorprendí, al contrario de lo que esperaba, era fría al tacto, y dura como el cristal. Falló de nuevo la rama bajo mi pierna derecha, y caí sin remedio, arrancando la lágrima del tejido orgánico y arrastrándola conmigo. El ser desapareció con un chasquido en el aire, y yo aterricé entre las ramas, asiéndome desesperada al tronco. Todo sucedió en apenas unos segundos.
Los aullidos habían cesado.
Bajé del árbol y me encontré con más supervivientes que, al parecer, habían tenido la misma idea que yo. Uno de ellos era un comandante del ejército estadounidense que había huido del continente americano antes de que la plaga se extendiese y obligase a cortar toda vía de comunicación. Un avión militar, del tipo que se ve en las películas de Marvel, aterrizó en un claro y nos recogió.
Nos llevaron a una de esas bases supersecretas de película en el interior de una montaña, a saber dónde. Allí nos recibió un equipo con batas blancas y nos tuvieron en observación unas horas. Tras descansar, nos llevaron a una sala de reuniones y nos explicaron lo que había estado sucediendo durante las últimas semanas.
Lo resumiré en una palabra: extraterrestres. La fuga de la planta radiactiva no había sido más que un plan magistralmente hilado por ellos para convertir la raza humana en sus sirvientes y unir el planeta Tierra a su red de planetas conquistados. Habían lanzado un comunicado a nivel global que las autoridades de cada nación habían bloqueado para evitar que llegara a la gente de a pie. Así habíamos terminado. Los gobiernos y ejércitos habían tenido que contemplar la devastación causada por aquellos seres, sin tener ni idea de cómo frenarlos o acabar con ellos, pues las balas los atravesaban como agua. Sin embargo, parecía que yo había dado con la solución.
Relaté lo que había experimentado: las lágrimas de cristal, mi sospecha de que uno solo podía controlar mediante esos dispositivos a un grupo de humanos infectados. Basándose en esta hipótesis, se llevaron a cabo pruebas, hasta el punto en que fuimos capaces de capturar a uno de esos seres vivo, y comprobar que nuestras sospechas eran correctas. Los seres extraterestres morían al verse separados de su lágrima correspondiente.
Tras meses de duro entrenamiento, al que me dediqué completamente, y contraofensivas con éxito por parte del bando humano, descubrimos que los seres guardaban un dispositivo crucial para la guerra en una cueva situada en una formación rocosa en algún punto el desierto del Sáhara. Allí había algo que podría ayudarlos a destruirlos de una vez por todas.
Partimos desde la base hacia el objetivo en un avión como el que me había llevado allí la primera vez. Cuando llegamos, el calor era infernal. Nuestros tanques se habían situado alrededor de la entrada de la cueva, nuestros aviones sobrevolaban el terreno, vigilantes. Sin embargo, ni un solo ser extraterrestre o humano infectado había aparecido. Yo formaba parte del comando encargado de entrar a la cueva y conseguir el dispositivo que nos haría ganar esta guerra.
Con nuestras armas cargadas, entramos a la gruta. Caminamos unos cientos de metros hundiéndonos cada vez más en la tierra. Ningún enemigo a la vista aún, y mi mente calculaba las posibilidades de caer en una trampa.

Pasada una media hora de caminar a buen paso hacia las entrañas de la gruta, vislumbré unos sensores a los lados del pasadizo. Mis sentidos se dispararon, y aunque yo paré justo a tiempo, mis compañeros siguieron adelante. El rugido que se oyó al salir el fuego despedido de las paredes ahogó mi grito. Mis compañeros cayeron achicharrados al instante. Me senté en el suelo, en estado de shock. Ningún entrenamiento te preparaba para algo así.
El fuego no paraba, y caí en la cuenta de que mi única posibilidad de conseguir el dispositivo era cruzar aquella muralla ardiente. Había un paso minúsculo entre la cortina de fuego y el suelo. Comencé a avanzar rápidamente con mi barriga pegada al suelo. El calor me mordía la carne de la espalda, y aunque el pelo estaba protegido por el casco, éste me quemaba como un hierro al rojo en la cabeza. Sorteé los cuerpos achicharrados de mis compañeros, y en lo que me pareció una eternidad, llegué al otro lado. De rodillas, me quité en cuanto pude el casco ardiente, mientras sentía que mi espalda carbonizada me mataba.
Avancé trastabillando. Allí estaba el dispositivo, anclado en una maraña de tejido orgánico y cables brillantes. Tenía la forma de un huevo aplanado y relucía con el mismo tono violáceo que las lágrimas de los seres invasores. Lo arranqué, y el fuego del corredor a mi espalda se apagó. Subí el túnel como en un sueño, sin sentir el dolor de mi carne quemada, y llegué al exterior. Uno de mis camaradas se acercó corriendo enarbolando una mueca de espanto. Más gente se acercó. Acerté a vislumbrar, entre la bruma que cada vez me envolvía más, el rostro del comandante, y le entregué el dispositivo. Me sonrió.
De repente, sonó una explosión, y alcancé a ver algunos de nuestros tanques volando por los aires, incendiados. Se me cerraban los ojos de cansancio, y noté cómo era desplazada lejos de mis compañeros. Unos blandos tirones me levantaron en el aire, y yo cada vez me iba hundiendo más en una fresca nada, lejos del ruido…
Perdí el conocimiento completamente cuando el ser terminó de engullirme del todo.

* * *

viernes, 14 de agosto de 2015

CUENTO DE UNA ALUMNA DEL Taller de Escritura Creativa ilustrado por una alumna del EDAY



LOS DUENDES DE LAS NUBES

Escrito por MÓNICA CASADO FOLGADO
Ilustrado por CARMEN BUSTILLO BERNALDO DE QUIRÓS




¿Alguna vez te has parado a pensar por qué las nubes tienen distintas formas como ballenas o teteras? Puede parecer algo que sucede al azar, pero la realidad es más sencilla: los responsables son los duendes de las nubes.
Cuentan que son hombrecillos de piel blanca y narices chatas que no gotean con el frío de las alturas, y se visten con gorros y ropas anchas de azul celeste para ser confundidos con el cielo y que no se les pueda ver con facilidad. Viven en enormes y transparentes palacios flotantes y se alimentan de la lluvia que las nubes sueltan cuando se les hace cosquillas. Con rastrillos, pinceles y martillos, dan forma a éstas, sean grandes o pequeñas,  para que el viento pueda seguir moviéndose.
Había un duende especialmente curioso e inquieto entre ellos llamado Bip, que siempre tramaba las mayores chiquilladas. De mente aguda y despierta, sus nubes eran las creaciones más maravillosas que jamás nadie hubiera podido observar. Tenía un don innato y especial para manejar las herramientas.
Un día Bip quiso saber qué había debajo de las nubes, y se preguntaba si le podría dar forma. Sus mayores le regañaron, advirtiéndole que sentara la cabeza y no cometiera una estupidez, pero ¿quién era Bip sin al menos una majadería al día? Ni corto ni perezoso, cogió sus herramientas y se dejó caer desde el cielo hasta la tierra. A primera vista le parecieron muy curiosos unos bichos con alas que planeaban solos. En las nubes no había de eso.

Bip vagó por bosques y llanuras, y se sorprendió al ver que todo era extrañamente sólido, porque él vivía entre vapor. Por fin llegó a una ciudad llena de gente como él, pero más grande y menos colorida o alegre. Se encontró en la plaza mayor, y allí sacó el martillo de su bolsa de herramientas. Comenzó a perseguir a un grupo de muchachitas que lo observaban con curiosidad, y sin pensárselo dos veces, atizó un golpe seco a una de ellas en la cabeza.
Luego agarró su rastrillo y se afanó en intentar dejar surcos en la cara de un tendero de un mercado, con tan mala suerte que el hombre se puso hecho un basilisco e intentó dispararle con una escopeta que escondía bajo el mostrador de su puesto. Bip, desconcertado, entró en lo que resultó ser una escuela. Allí había, como es natural, niños escribiendo, leyendo y aprendiendo las tablas de multiplicar. El duendecillo intentó amasar sus cabezas, pero ellos comenzaron a zarandearlo de un lado a otro y a reírse de él. Le quitaron su preciada bolsa de herramientas y la dejaron colgada de un árbol para que no pudiera cogerla.
El pequeño habitante de los cielos no entendía qué era lo que pasaba. Además de ser agrios y ariscos, aquellos seres no eran ni moldeables ni flexibles. No podía reconvertirlos en lo que para él sería algo bello y diferente, ni siquiera arañarles una sonrisa por encima, porque enseguida se pondrían a gritar.
Decepcionado, flotó de nuevo hasta su hogar con una nueva lección aprendida: a los humanos no les gustan los martillazos.